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 He estado pensando acerca de la finalidad de discutir y argumentar con alguien acerca de algo. La finalidad última, al menos según la teoría, es convencer a nuestro interlocutor acerca de nuestro punto de vista. Puede parecer prepotente el comenzar un debate con la intención de hacer cambiar de opinión, que nos digan coño, tienes razón, pero produce placer, que levante la mano quien no lo haya sentido convenciendo. Sin embargo, aunque -siendo honesta- el momento de convencer mola, no solo argumento cuando pienso que puedo llegar a convencer a quien tengo delante, sino cuando creo que la persona con la que converso puede sorprenderme con un punto de vista que me puede resultar interesante, o hacerme pensar en algo que no había tenido en cuenta previamente, y a menudo he sido yo quien ha cambiado de opinión, o quien ha ampliado la perspectiva. En resumidas cuentas, argumento, debato y defiendo mis opiniones cuando delante tengo a una persona a la que estoy dispuesta a escuchar, y que está dispuesta a escuchar, porque es la única forma de que ese esfuerzo dialéctico pueda llegar a ser constructivo. Ese es el motivo por el cual no acostumbro a argumentar ni a exponer ante una planta, ni ante una piedra, ni -por ese mismo motivo- discuto con simios, ni con personas de mente cerrada y obtusa. No me merece la pena, es una pérdida de tiempo, con ciertas personas no pierdo mi tiempo.  Puede parecer prepotente, y lo siento si me repito, pero cuando alguien expone opiniones del tipo “esto se arreglaba con pena de muerte”, “la mujer a la cocina”, “a ver si hacen algo para curar la homosexualidad”, o “la tierra es cuadrada”, no pierdo el tiempo, yo con simios no hablo. Me doy perfecta cuenta de que me hallo ante alguien que está en otro grado de la escala evolutiva, que nos separa una dimensión infranqueable, y que nada de lo que yo diga ni nada de lo que me diga nos va a mover a ninguno de lo que pensábamos en un inicio. Todos vamos a perder nuestro tiempo.

¿Por qué hago esta reflexión? Pues porque ayer, no sabiendo muy bien sobre qué escribir, abrí el país para ver si sacaba alguna idea y vi con estupor que el tema de la Cabalgata de reyes de Madrid seguía en portada, tres días más tarde. Este asunto ha invadido redes sociales, prensa escrita, radio… todo. Pero no me voy a poner a argumentar acerca de lo que opino de la cabalgata, de los comentarios suscitados ni de la polémica en cuestión. Lo que me llama la atención es que, a raíz de unos comentarios que no pasan de ser una soberana estupidez, la atención colectiva se haya centrado en desmontarla o en sostenerla, y haya acaparado portadas a lo largo de los días, en lugar de concentrar los esfuerzos en otros asuntos que no sean tan absurdos. (Esto no es nuevo, ya no sorprende tanto ver que un periódico dedique su portada a estupideces, lo que no hace que continúe indignándome).  No digo que haya que callar ante el absurdo, llamo a la reflexión, porque, si bien no sé muy bien dónde está el equilibrio, sí creo que se traspasa a menudo y se le dedica un esfuerzo desmedido a temas en detrimento de otros que, a mi juicio, tienen mayor enjundia.

Y lo digo además, porque sospecho de lo inútil del esfuerzo. Ya que, según mi experiencia, un forma de detectar sujetos obtusos o cerrados de mente, de esos que funcionan como interlocutores de la misma forma que funciona una piedra, una planta o un simio, es por la ligereza con la que emiten sentencias estúpidas que cualquier persona con una mínima capacidad intelectual habría meditado previamente y corregido sin necesidad de un feed back. Sé muy bien que la tentación de hacerle ver a un tonto que es tonto es muy grande, que la tentación de hacer humor y de reírse del tonto es más grande todavía, pero me pregunto hasta qué punto es constructivo el dar protagonismo a una tontería en lugar de dejarla morir cuanto antes y hablar de temas que merecen más la pena. Sobre todo porque el tonto jamás será convencido de que es tonto, porque es cerrado y obtuso, porque no escucha, porque es como hablar con una pared, con una piedra, con un simio.

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7 pensamientos en “Yo con simios no discuto

  1. Totalmente de acuerdo. Creó que además tanto debate sólo consigue que la gente se enroque en sus ideas. Nadie convence a nadie.

    • No creo que la gente se enroque debido al debate, sino que entran enrocadas. Y si el debate se genera a raíz de una tontería, lo que se consigue es darle a esa tontería un protagonismo que no merece… ¿no? Pues nada, feliz comienzo de euler 🙂

  2. Pobres plantas, piedras o simios de tener que ser puestos al nivel de los necios! Y en lo que a mí respecta, y en tanto que mujer poco hábil en asuntos culinarios, realmente estúpido aquel que declare que mejor sería meterme en la cocina. Como siempre, chapó Pat ..!

    • Pues sí, tienes razón e igual he sido injusta, pero están puestos al nivel sólo como interlocutores, nada más… afectos muy aparte. A ti sí que da gusto oír hablar. Besos!

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