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Estamos en un momento de cambios apasionante, al menos si lo comparamos con el clima que se ha vivido en este país en los últimos treinta y muchos años. También estamos en un momento especialmente bronco y discrepante, porque hay una diversidad enorme en los cambios que quiere cada uno.

Pero para simplificar, veo dos perfiles de personas claramente diferenciados: aquellas que, en general, están de acuerdo con el funcionamiento del país, con el régimen económico actual y sus valores de competencia, libre mercado, máximo beneficio…, el régimen político: monarquía parlamentaria, democracia representativa… etc… y que se han desencantado últimamente porque este modelo se ha visto mancillado por la corrupción y la falta de ética política. Para ellos, el ideal a conseguir era ese modelo teórico ya conocido pero bien gobernado, con pulcritud y ética. Dentro de este perfil se encuentran las personas que mantienen la fe en la posibilidad de enmienda de los antiguos partidos, o los que la han perdido y buscan esperanza en los nuevos que defienden ese nivel de cambio.

El otro perfil de personas es aquel que además de exigir ética y pulcritud, ha desbordado los límites del modelo conocido y ha imaginado otro distinto, y así, introducen en la economía valores como ecología, sostenibilidad, justicia o colaboración, en política valores como democracia directa y participativa, y valores casi en cualquier aspecto que afecta al ser humano, porque cuando uno se pone a imaginar sin límites referenciales las ideas se desbordan… Dentro de este perfil la heterogeneidad es abrumadora, porque la imaginación es abrumadora y heterogénea.

Esto me ha hecho pensar en el papel que juegan las referencias. No se trata de quitarles valor: las referencias son valiosas, de ellas se puede aprender mucho, y además sólo a partir de ellas se construye porque por mucho que reneguemos o que nos disgusten, forman parte de nuestro presente.

Pero ¿qué pasa cuando las referencias se convierten en una cárcel? ¿Qué pasa si de pronto nos da por pensar que son lo único válido, que no existe ninguna posibilidad de funcionar de otra forma y que todo lo que se salga del modelo conocido, el de la referencia, pertenece al mundo de la utopía? ¿Qué les pasa a muchas personas que viven presas de sus referencias y sienten que se les va a obligar a traspasar su umbral de “como se ha hecho toda la vida” para hacerles caminar por un terreno desconocido, por un abismo inexplorado y con las reglas por hacer? Pues que tienen miedo. Tienen miedo no solo aquellas personas a las que les van bien las cosas pero también las que no. Si no tienen fe en que puede haber vida fuera del modelo conocido temen, porque incluso con una vida llena de insatisfacciones, mejor la vida mejorable que la no vida, que el caos, que el horror, que lo desconocido, que lo incierto.  El miedo es muy legítimo, y muy humano, y muy paralizante, y además se le alimenta. Pero los miedos hay que enfrentarlos, porque el hecho de que haya mucha gente con miedo no significa que el mundo vaya a a detenerse, ya que, de ser así las cosas, la economía, la sociedad, los valores éticos y la cultura, no habrían cambiado gran cosa desde que el homo sapiens sapiens apareciera hace millones de años, y vaya si lo ha hecho, aunque no siempre para bien y aún haya tanto recorrido de mejora.

Y de entrada pueden llamar la atención y molestar hasta los más ingenuos cambios estéticos, porque de toda la vida un político respetable se ha puesto un traje y una corbata, y un señor con estas pintas se sale de lo referencial. Un simple detalle estético deja de ser inocuo desde el momento en que representa un quebrantamiento referencial, una amenaza de cambio,  y lleva al terreno del abismo que hay más allá de lo conocido hasta ahora, es decir, al terreno de la incertidumbre y del caos.

Pero es que los cambios no son solo a nivel político, ni se encuentran solo en el nuevo parlamento. Se encuentran allí, de hecho, porque ya existían desde hacía tiempo en fase de gestación en la sociedad, en medio de nosotros. Una nueva sensibilidad, una nueva concepción de vida que desborda los referentes y los altera y modifica, está presente en muchos aspectos de la vida. Por ejemplo, si yo les hubiera dicho en su día a mis padres que quería dedicarme a una profesión artística que me hiciera feliz, habrían entrado en pánico, porque de toda la vida, el trabajo no era algo que se hiciera para ser feliz, sino para poder vivir, y si yo me quedaba al margen del mercado, y me dedicaba a algo que no se valoraba en él, no iba a conseguir suficiente dinero para poder vivir con desahogo, y me estaría arriesgando a la miseria. Ni a mí tampoco se me habría ocurrido mucho insistir en ese aspecto, porque mis referencias eran la universidad y el mercado laboral, y más allá el abismo y el caos. Ahora uno de mis hijos me plantea que quiere ser músico. Él ha ido más allá de las referencias. Se plantea otras posibilidades. Y yo, aunque es cierto que un poco de miedo tengo, porque mi referencia era la universidad, estoy decidida a apoyarle en ese camino si es el que finalmente opta por seguir, si es con el que más feliz se siente, al margen del listado de profesiones mejor pagadas. Pero además se lo comento a mis padres, a aquellos que en su día tan imposible concebían un futuro vocacional cuando vocación y mercado no coinciden, y no sólo lo entienden sino que lo alaban y lo apoyan!!! Y quizás pueda parecer un hecho particular aislado de la política con la que he empezado, pero tiene mucho que ver. Están cambiando los estilos educativos, están apareciendo otras formas de consumo, otros valores culturales, otros valores éticos, un cambio en las prioridades, una revisión crítica.

Estamos cambiando, estamos generando una fe en que más allá de lo que hemos conocido puede haber otra cosa mejor, ¿cómo de mejor? pues atrevámonos a traspasar los límites de la experiencia y a imaginar nuevas posibilidades, otras estéticas y otras éticas. Toca enfrentar los miedos, los ajenos pero sobre todo los propios, esos que de pronto nos ponen a la defensiva, o al ataque. Y ya que el cambio es inevitable (todo fluye, nada permanece),  vayamos a por algo bonito.

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2 pensamientos en “La cárcel referencial

  1. El otro día me decía una amiga, miedosa, que todo esto no es bueno para la economía porque los mercados se asustan y pierden la confianza si no ven estabilidad. Yo le dije algo parecido a lo que expones tú, que los mercados ya se acostumbrarán a una nueva situación y que en la vida no hay nada permanente ni inamovible y que la historia humana es una suscesión de cambios. No la convencí mucho, sigue asustada. A mí me apasiona mucho cómo está el panorama aunque me daría pena que los encargados del cambio metieran la pata y se volviese, también por miedo, otra vez atrás y a lo de siempre.

    • Creo que esta nueva sensibilidad que ya existe -ya ha cambiado algo- es imparable, aunque soy consciente de que es incipiente (en cuanto salgo un poco de mi cículo habitual o me pongo a leer comentarios en prensa, o a leer la prensa ;-)). Cada vez hay más personas cuestionándose cosas que hace años ni se nos ocurría. No sé lo rápido que se producirá el cambio, ni lo profundo que será, pero creo que exactamente donde estábamos, no vamos a volver a estar… yo en los últimos años he aprendido a tener fe, y a darme cuenta de su importancia. Es imprescindible creer. Un beso!

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