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Estoy de acuerdo con Ana en que no hay que abusar del término machista para defenderse cuando atacan o critican a una mujer, aunque a veces es complicado diferenciar un mero insulto con mal gusto de uno dicho desde el desprecio de quien se siente superior. Es como lo del piropo, para muchos hombres y algunas mujeres que lo reciben es un halago, para mí, como para muchas mujeres, es una confianza que un desconocido se toma por su propia cuenta sin que yo haya dado pie a nada, y que puede llegar a agresión verbal si dicho “piropo” es subido de tono, y, sin embargo, muchos hombres se ofenden si te giras y les insultas, encima te llaman desagradecida.

Yo prefiero empoderar a las mujeres en vez de protegerlas, pero sin esa “protección” creo que todavía mantendríamos una discriminación mayor que la que actualmente sufrimos. Muchos están en contra de las cuotas o los porcentajes mínimos, ya sea en política o en la empresa, y defienden que no hay que obligar a contratar más mujeres si no lo ganan por sus propios méritos, pero lamentablemente en los puestos decisorios suelen mandar los hombres, que se sienten más cómodos entre otros hombres y no porque se sigan firmando contratos importantes entre copas y putas y se sentirían incómodos con una mujer vestida en la mesa, sino porque se sigue viendo a la mujer más como secretaria que como ejecutiva, porque ante la misma capacitación o curriculum se prefiere muchas veces al hombre que, en caso de tener familia, se supone que no fallará en sus prioridades laborales.

En Islandia, país donde casi se ha alcanzado la igualdad, hay un porcentaje que no se puede sobrepasar, el 60%. No es que no pueda haber más del 60% de hombres en un consejo de administración, por ejemplo, es que tampoco puede haber más mujeres que rebasen ese porcentaje, para que ninguno de los dos géneros esté en clara minoría. Y parece que no les va mal, ni social ni económicamente.

Si las estadísticas no mienten las mujeres son mejores estudiantes, sacan mejores notas en la Universidad, de la que suponen casi un 55% del alumnado y un 57% de los titulados. Sin embargo, a partir de ahí su participación va disminuyendo, sólo suponen un 40% del profesorado, el 60% son hombres, y catedráticas solo hay una por cada cuatro hombres. El año pasado sólo una mujer fue rectora de una de las 50 universidades públicas. Y esto en un sector que podríamos presumir con menos prejuicios, pero que sigue manteniendo ese status quo en el reparto del poder que tanto cuesta de modificar.

Estamos cualificadas, y preparadas, como ellos, pero seguimos en minoría. Ves las fotografías de la cumbre del G20, de los consejos de administración del Ibex, de los grandes bancos… del poder político y financiero, en suma, y nuestra presencia sigue siendo simbólica en número, cuando la hay. El poder es del género masculino.

Soy feminista desde que tengo recuerdos, desde la primera vez que me di cuenta que mi hermano no entraba en los turnos de fregar ni barrer por ser varón (“habiendo tres mujeres en esta casa tu hermano no tiene que fregar un plato”), desde que me acostumbré a viajar en el autobús con la espalda pegada a la ventana para que ningún viejo verde me tocará el culo (teniendo en cuenta que a los 13 cualquiera que superara los 30 era un viejo verde para mi), y también cuando me uní al movimiento de objeción de conciencia porque me parecía injusto que por ser hombre te arrebataran un año de tu vida y te obligaran a hacer el servicio militar obligatorio, mientras que si eras mujer te librabas automáticamente.

Hoy en día hay mujeres que parece que les da vergüenza decir que son feministas, hay quien todavía cree que ser feminista es lo mismo que machista, pero al revés, por no hablar de esos adjetivos nuevos que han aparecido: feminazi, hembrista… términos inventados para desacreditar un movimiento reivindicativo, positivo, que no odia.

Porque el feminismo no tiene género, igual que el pacifismo, o el ecologismo. Hay hombres feministas, orgullosos de serlo, que no se sienten atacados, sino que entienden que la igualdad es buena para todos, también para ellos.

 

feminismo

Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ e -isme ‘-ismo’.

  1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.
  2. m. Movimiento que se apoya en el feminismo.
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