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La primera vez que escuché la palabra “hembrismo” fue en boca de mi hijo mayor. Habían estado debatiendo en clase de valores éticos acerca del feminismo, de la igualdad de derechos de la mujer, y a raíz de eso al llegar a casa primero me afeó que utilizara la palabra “coñazo” porque se trataba de un micromachismo, y después me preguntó qué opinión me merecía el “hembrismo”. A lo que le contesté con un, ¿y eso qué es? Me contestó que, al igual que el machismo consideraba que el hombre era superior a la mujer y el feminismo el movimiento que los consideraba iguales, el hembrismo era el movimiento de las mujeres que pensaban que eran superiores a los hombres, vamos, como el machismo pero al contrario. A mí fue un movimiento que me pareció extraño y absurdo, aunque alguna vez haya tenido la tentación de pensar acerca de las mujeres desde un plano de superioridad con respecto a los hombres, para qué mentir…

Lo que sí que es cierto es que, en la forma de reivindicar el feminismo, hay voces especialmente rabiosas, que transmiten un resentimiento, y a veces hasta una agresividad con la que yo personalmente no me siento identificada. Yo personalmente, claro, porque yo no he sido víctima de violencia machista, ni de un salario menor al de un compañero de igual cualificación por el hecho de ser mujer, ni de una agresión sexual… no me siento acomplejada por mi condición de mujer, es algo en lo que no pienso, y cuando me planto delante de un hombre o de una mujer lo hago de igual a igual, de la misma forma que no pienso ni me siento condicionada por mi raza en este caso blanca, ni por mi orientación sexual, en este caso heterosexual. Sin embargo, aunque no sufra graves casos de machismo, no es menos cierto que como mínimo convivo con lo que yo llamo el machismo latente. Ese que llevamos asumido por el hecho de cargar con una herencia de dos mil años de historia machista, por no ponernos a sumar años de prehistoria, y que -lo peor de todo-, muchas veces ni siquiera identificamos. Cuando sí que lo identifico me indigno y me cabreo, con resultado de una soflama casera o un artículo un viernes.

Tras la conversación con mi hijo, y una vez descubierto este nuevo término llamado hembrismo, que tiene también el sinónimo de feminazi, y leyendo artículos de personas descritas como tales, llego a la rápida conclusión de que las denominadas hembristas o feminazis no abanderan una supremacía de la mujer o un holocausto macho, o algo por el estilo, sino que es así como tildan a las feministas que se expresan con ese punto de rabia y quizás con cierta agresividad. Una hembrista o feminazi no es más que una feminista cabreada -o indignada-. Nota curiosa, quienes utilizan estos términos, suelen explicar que la rabia de las supuestas hembristas y feminazis es consecuencia de la falta de una buena polla.

¿Aparte del hecho de gozar o no de un buen miembro viril, tiene una mujer razones para el cabreo? Pues sí. El patriarcado existe, me temo. El poder sigue siendo masculino. Los tradicionales roles femeninos y masculinos en las familias se mantienen. La violencia del hombre contra la mujer continúa. La mujer sigue siendo sexualizada y cosificada. Las redes sociales te permiten conocer lo que piensa mucha gente que está fuera de tu círculo más cercano, ese que escoges y llenas de personas inteligentes, cultas, educadas, respetuosas, feministas, y entonces te das cuenta de que el mundo real no es tu círculo, de que el mundo real está lleno de simios, simios en un grado de evolución tan alejado del tuyo que es inútil todo intento de diálogo y de acercamiento o de comprensión entre las partes. Y que para que cambie su mentalidad la única esperanza es el relevo generacional. Os prometo que ahí fuera hay personas que piensan que una mujer no debería ostentar cargos de responsabilidad y poder, negacionistas de la violencia machista, que españa es para los españoles o que los homosexuales son un error de la naturaleza. Os juro que existen y que son muchos.

Y eso explica, volviendo al feminismo, que todavía hoy por hoy sea necesaria la discriminación positiva, o los cupos. Ojalá no fuera necesario. Ojalá no hiciera falta. Pero la hace. Y también hace falta una visión crítica y concienzuda acerca de los machismos invisibles que perviven y de los que nos somos conscientes. Aunque a veces sintamos la incómoda sensación de vernos reflejados (creo que por eso hay muchas personas que reaccionan a estas denuncias con una gran virulencia, porque se sienten interpelados o interpeladas, y además son tan abundantes que podríamos llegar a verlo hasta cuando no existiera, como a los fantasmas-claro, lo de los dos mil años de historia por no hablar de la prehistoria- y a veces abruma, y cuesta digerirlo, y habiendo tantos machismos mucho más urgentes de resolver para qué desgastarnos con el menos visible, con cosas como el lenguaje publicitario, o con el tratamiento de una determinada noticia, o que si coñazo y cojonudo… Pero todo forma parte de lo mismo. Y solo identificando y tomando conciencia, se podrán ir modificando actitudes.

Por eso, aunque no empatice demasiado con la rabia y el resentimiento -salvo cuando estoy rabiosa y resentida-, agradezco y valoro enormemente el trabajo que realizan aquellas mujeres que dedican todas sus energías en identificar y denunciar el machismo a diario, enfadándose a diario, indignándose a diario, desgastándose a diario, porque gracias a ellas, y a las que se desgastaron antes que ellas, ahora las mujeres tenemos unos derechos y una presencia (en el mundo occidental) que hace cien años eran inimaginables, y gracias a ellas, y a otras que vendrán detrás, quién sabe si dentro de otros cien podremos dejar de hablar de patriarcado, o de machismo.

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2 pensamientos en “El feminismo y la rabia

  1. Yo no uso términos como feminazi; y me imagino que el hembrismo existirá en la medida en que creo imposible que no haya ninguna persona que odie en la dirección contraria. A mí me preocupan las personas que deciden que su caracter no lo conforma un objetivo (entre varios), sino la propia lucha. Me preocupa que el feminismo (o el independentismo, o lo que sea) no sea un añadido en alguien, sino lo que conforma a ese alguien (¿así querrás solucionar algo en el fondo?). Me preocupa por el hecho de que haya adictos no a combatir las injusticias, sino a las militancias. Las militancias me parecen sospechosas por definición, creo que en muchas ocasiones vienen a cubrir un vacío personal; y las militancias NO son para eso; diría que son para alguien muy seguro de sí mismo que además quiere ayudar y sabe cómo hacerlo sin convertirse en un incordio. Con cabreo o no, de lo que estoy seguro es de que la igualdad de género necesita algo más sofisticado que un cabreo constante, por muy justificado que esté el mismo. Ese cabreo, o la actitud en general de la que se suele hacer gala en el feminismo (que parece casi obligatoria para unirse al “club”), hace que la mayoría de gente simplemente pase del tema.

    • Hablas de la existencia de algo así como rebeldes que necesitan una causa, y si se gasta se buscan otra? 🙂 Puede que sí que exista gente combativa por naturaleza, y causas con las que sensibilizarse también. A mí los enfados constantes no me gustan, estar enfadada me agota, trato de dosificar los enfados y escoger bien las batallas. Pero lo que sí que es cierto es que las reivindicaciones, por mucho que por cansinas te puedan parecer estériles e ineficaces, creo que poco a poco hacen mella en la mentalidad social. Si te fijas, muchos cambios en la mentalidad ciudadana han partido de un movimiento reivindicativo. Por ejemplo, hace unos años había una tolerancia generalizada con la corrupción política. La ciudadanía lo aceptaba como algo inevitable. Después de las protestas, cabreos y denuncias constantes en los últimos años, existe una sensibilidad diferente. No digo que estemos en el óptimo, ni mucho menos. Pero por ejemplo, creo que si a Soria lo hubieran propuesto hace diez años, en la calle nadie se habría indignado, y a pesar de alguna crítica por parte de la oposición, que para eso es oposición, continuaría como candidato para el banco mundial. O qué me dices de los toros. El enfado y la denuncia constante de movimientos animalistas han extendido y han hecho que cale la sensibilidad al maltrato animal. Hace diez años creo que nadie pensaría ni por asomo que se podría llegar a prohibir el lanceado del toro de la vega. Y se ha hecho. E imagino que habrá muchos más cambios porque hay una sensibilidad cada vez más extendida… Pero bueno, igual es mi forma optimista de enfocarlo 🙂

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