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No dejamos de asistir a linchamientos mediáticos. Basta darse un paseo por las redes sociales para comprobar que el mero hecho de compartir un detalle en una de ellas, por mínimo que sea, puede convertirse en fácil excusa para que la gran masa ciber realice un ejercicio práctico de linchamiento inmisericorde. Y hace pocos días hemos conocido cómo uno de ellos ha terminado en suicidio. No es el primero.

Parece claro que cualquier persona cabal aberra de estos hechos pero, por mucho que los cabales supongan mayoría, el efecto amplificador de las redes hace que lo malo pese siempre más que lo bueno. ¿Y por qué? Porque los “buenos” no hacemos nada.

Las últimas tendencias para afrontar los casos de acoso escolar en los colegios, basadas en el método KIVA implantado en los coles finlandeses, cambian el foco de actuación de las estrategias para combatirlo y lo fijan en los espectadores, en esos niños que no acosan ni sufren el acoso pero son espectadores silenciosos. En movilizar a estos espectadores y convertir ese silencio en un posicionamiento claro de apoyo a las víctimas se basa el espíritu del exitoso método. Son niños, muy vulnerables pero también aún plásticos y permeables a nuevas actitudes, y el acoso que se combate ocurre en colegios, lugares reales en los que las interacciones se realizan dando la cara, pero la filosofía del sistema parece aplicable a cualquier tipo de acoso.

¿Qué pasa en las redes sociales? La mayoría de los usuarios son adultos y la nube es un fácil no-lugar en el que se puede tirar la piedra y esconder la mano, pero también hay víctimas, acosadores… y millones de testigos silenciosos. Quizá la solución del problema sea imposible si no pasa por la movilización y el claro posicionamiento de los espectadores, de esas decenas de millones de usuarios de las redes.

Estudio aparte merece el sentimiento de íntima ofensa personal que obliga a manifestar su reprobación ante conductas y opiniones y su fácil nacimiento en algunas personas. Son entendibles la rabia y el resentimiento de las víctimas o de quienes se posicionan junto a ellas pero esa rabia o resentimiento que surgen sin agresión previa… ¿de dónde salen?   Quizá el que vivamos esa no-vida de redes sociales en artefactos de nuestra propiedad puede convencernos erróneamente de que todo lo que pasa en ellas nos pasa a nosotros, que cada tuit o publicación en cualquier plataforma nos está dedicado expresamente y por eso ha de provocarnos alguna reacción, entre ellas la de ofendernos si lo publicado no está de acuerdo con nuestras actitudes y pensamientos ¿Por qué si no tanta respuesta iracunda a cuestiones que ni nos van ni nos vienen?

Pero no solo ocurre en las redes. El sentir que una mujer bañándose en burkini o en topless en una playa me ofende a mí que me baño a pocos metros de allí es algo parecido, que un beso o un gesto de cariño entre dos personas adultas ante mí me reta a manifestar mi opinión sobre la “licitud” de su relación, que unas rastas, un pelo engominado, una voz aflautada, una nariz grande, un cuerpo menudo, un color de piel, un acento… que cualquier detalle personal de la gente que me rodea me está dedicado para que yo manifieste mi sentimiento ante ello… ¿no es lo mismo? ¿de dónde nace esa necesidad de sentirnos ofendidos? ¿de dónde el sentir que cualquier entendido defecto o error de los demás ha de ser rápidamente señalado y censurado? En las redes es mucho más sencillo al asumirse menos riesgos que en la realidad, por ello es más visible, pero en la vida real también ocurre.

Tal vez la razón no sea más que haber equivocado el enfoque al entender el mundo digital, que esa apertura al mundo que nos permiten las redes sociales y la ingente información a nuestro alcance con solo un par de clicks, en vez de hacernos sentir una mera gota en un ingente océano, nos ha convencido de lo contrario, nos ha hecho creer que somos el centro de un mundo mucho más grande y deducir que, si el mundo ha crecido, nosotros, cada uno de nosotros, como centro, hemos pasado a ser lo más importante del universo y que esa posición de reinado absoluto nos da derecho a impartir “justicia” a diestro y siniestro.

En ocasiones nos parece vivir en un mundo insensible ante los demás, pero no es cierto. Estamos rodeados de gente sensible, muy, muy sensible, a la diferencia, al detalle, a la debilidad, muy, muy sensibles, pero no para comprenderlo, como sería de desear, sino para señalarlo, advertirlo, censurarlo y machacarlo.

Como ombligos del mundo no podemos permitir ningún defectillo en él, no sea que nos veamos obligados a mirarnos a nosotros mismos y encontremos algún otro. Eso nos haría caer de nuestro trono y asumirnos como una infinitésima parte de un universo imperfecto. Menudo chasco.

Imagen destacada: Galaxia de Andrómeda (M31): “The heat is On in Andromeda’s Center”. Smithsonian Institute, via flickr.

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5 pensamientos en “De la sensibilidad y el tamaño

  1. Yo tengo una percepción diferente con respecto a las redes. Las redes son una herramienta y quizás un altavoz. El uso que cada uno hace de ellas define a cada persona. Hay personas que lo censuran todo, hay quienes no se posicionan nunca ante nada, hay quienes tan solo se manifiestan ante hechos puntuales. En cuanto a la forma de posicionarse, hay quienes se manifiestan de forma agresiva, los hay de los más zen. Las redes reflejan los más variopintos caracteres, y las más variopintas opiniones. Antes uno solo podía saber qué y cómo opinaba la familia, los compañeros de trabajo, o los amigos, de modo que los estudios sociológicos resultaban mucho más sesgados. Las redes le dan voz a todo el que quiera alzarla. También te permiten escuchar solo a quienes quieres oír (lo que supone también un sesgo). En cuanto al tema de los juicios, me he acordado de uno de lo últimos capítulos de True Detective, en el que Rust reflexiona sobre el tema y dice “Escucha, como carne sensible que somos, por muy ilusorias que sean nuestras identidades, elaboramos esas identidades haciendo juicios de valor. Todo el mundo juzga, todo el tiempo.”

    • Estoy de acuerdo con Rust, todos juzgamos, y probablemente todo el tiempo, pero en la gran mayoría de las ocasiones, por sensatez, empatía, compasión, cobardía… nos callamos esos juicios. Las redes sociales, como altavoz, permiten alzar su voz a muchas personas que antes no podían o lo tenían más difícil, pero también están permitiendo poner de manifiesto esos juicios antes beneficiosamente ocultos. Como tú bien dices el uso define a cada persona pero el altavoz magnifica los efectos. Igual yo un día me cruzo por la calle con alguien y pienso “menuda cara de imbécil tiene este”, es seguro un juicio simplista, injusto y uno de esos que Rust sabe hacemos continuamente, pero si no sale de mi cabeza, no perjudica a nadie (bueno, a mí misma quizá por ir poniendo etiquetas sin ton ni son en vez de contemplar el paisaje o concentrarme en ver si viene mi autobús). En cambio si veo una foto en twiter de un desconocido y aprovecho la velocidad de teclado para convertir instantáneamente mi juicio en un tuit, doy pie a que en cinco minutos en la cuenta de quien compartió la foto se monte un juicio sumario al coeficiente intelectual que se deduce de una fotografía. Es verdad que, como en cualquier mundo (real o ficticio) podemos reducir nuestra zona de actuación pero como en cualquier “barrio” no tenemos totalmente controlado el derecho de admisión. Hala, y ahora voy a contestarte al otro comentario que parece que hoy has decidido hacerme trabajar… Un beso.

  2. Sí, supongo es otra versión de “los peligros de las redes sociales”, los dos textos escritos por usuarios activos de ellas, así que está claro que el resumen final de nuestra percepción es algo así como: bienvenidas sean, pero con tiento… 😉

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