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Hemos estado hablando últimamente de la posibilidad que ofrece la Red para dar opinión sobre todo y sobre todos, y que no siempre se hace uso de esa opción de una forma educada, cívica y constructiva, sino que es como si le hubieran dado un megáfono a un grupo de energúmenos que se dedican a usarlo para desfogarse (sí, lo que yo vengo denominando “simios”). En realidad, Internet es algo así, un megáfono en general para todo el mundo, que revela por tanto los defectos y las virtudes de la sociedad que vivimos. Un espejo. Si bien se ha llenado de contenidos que contribuyen a la difusión del conocimiento, la cultura y la diversión, en las versiones más variopintas, y muchas veces esto ha sido llevado a cabo por los usuarios de forma gratuita y movidos por el altruismo, la vanidad o el narcisismo, o por una mezcla de todo ello, también es utilizada por los empresarios para hacer negocios, por los delincuentes para delinquir, por los crueles para hacer crueldades (crueldades que en ocasiones constituyen un delito, como lo es difundir imágenes íntimas sin consentimiento), y así… Lo que ocurre es que a los malos se les oye más, pero ni está de más fijarse también en lo bueno, para no caer en la desesperanza, ni está de más identificar y denunciar comportamientos que no nos gustan, aunque solo sea para estar alerta y no descubrirnos un día haciendo eso que tanto odiamos.

Además, las opiniones, o las críticas, según cómo estén canalizadas, pueden ayudar a otras personas, e incluso apuntalar relaciones basadas en la confianza. Ahora mismo, existen un montón de páginas que permiten a los usuarios criticar y valorar cada producto que compran, cada comercio donde han efectuado la compra, cada restaurante, cada bar, cada hotel…. y gracias a estas críticas y valoraciones son posibles plataformas en las que se realizan compra-ventas de segunda mano, o en las que un conductor ofrece plazas en su coche para compartir gastos con quien viaje al mismo sitio, etcétera… lo más parecido que había antes era el autostop, práctica considerada arriesgada y que ahora mismo está prohibida. ¿Y por qué ahora te fiarías y te meterías en el coche con un desconocido, al que encima le pagas la mitad del depósito? Porque ese desconocido tiene un perfil público y ha sido valorado por otras personas. Posiblemente te has montado con esa persona porque has leído que otras muchas lo han hecho, y han descrito la experiencia como buena (era prudente al volante, amable, de conversación amena, consensuábamos la música…. ). Si a un conductor le diera por robarte en el trayecto, amenazarte, agredirte, o ponerte a Isabel Pantoja a volumen 20 durante seis horas a pesar de tus súplicas, tú después lo vas a contar, y nadie más querrá viajar con él. Nunca. Para evitar tu mala crítica tendría que matarte, pero matar a todas y cada una de las personas que viajaran con él terminaría delatándolo, de modo que no creo que lo hiciera. Imagino que en aplicaciones de contactos funcionará de forma similar, y en general, en todas aquellas plataformas que consistan en poner de acuerdo a dos extraños para hacer algo que beneficie a ambos. Sabiendo los extraños que su comportamiento será evaluado y publicado para ayudar a otros usuarios, y para promocionarse, se esforzarán en que su comportamiento sea positivo.

Un día, debatiendo acerca de los pros y los contras de tener visibilidad en la red, especialmente en el caso de los jóvenes, de estar dado de alta en redes sociales, de dónde está el límite entre lo que es prudente o no enseñar de uno mismo, a quién, si es mejor crear perfiles con pseudónimos para proteger la identidad, etc… un amigo, que además es profesor de informática de alumnos de secundaria y bachillerato,  me hizo una reflexión que me pareció interesante. Él defendía los perfiles con las identidades verdaderas, porque precisamente los perfiles públicos van a fomentar la transparencia y a regular los comportamientos de las personas dentro de la red. El hecho que cualquiera pueda acceder a tus perfiles y pueda ver qué dices y cómo lo dices, qué haces y cómo, qué enseñas y qué no de ti mismo, sirve como un regulador de conducta. Siempre habrá lugares donde exista el anonimato, pero cada vez será más imprescindible tener una identidad abierta y nutrida. Todo el mundo terminará teniéndola, como todo el mundo tiene un DNI. Dentro de unos años, si alguien teclea un nombre en un buscador y no tiene perfil en ningún sitio, o el que tiene no está “usado”, no será interpretado como prudencia, sino que levantará sospechas: ¿cómo es posible que no haya nada? ¿qué trata de ocultar? Sonará como ahora el político que se niega a publicar su IRPF, aduciendo su derecho a la intimidad…

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