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El problema que tienen los deberes, al igual que las ocho horas de clase diaria que tienen los alumnos, es que les aburren. Todo esto no generaría debate ni disgusto si al llegar a casa se les hubiera encomendado algo con lo que disfrutaran. Si la estampa fuera la de un niño que le dice al progenitor “vamos corriendo a casa que estoy deseando hacer una cosa que me han mandado”, y el niño se encerrara en su cuarto o donde le correspondiera hacerlo, y se tira no diez minutos, sino dos horas entusiasmado y feliz, y llega la hora de la cena y contara lo que ha disfrutado por la tarde, supongo que no habría ningún conflicto, incluso si la tarea al niño en cuestión le ha llevado mucho tiempo. Porque el niño no lo percibe como trabajo sino como juego, como diversión. Y mientras un niño se está divirtiendo el tiempo no es un problema. Al igual que para un adulto, no? Tampoco somos tan distintos, el tiempo es relativo para todos, cuando nos divertimos pasa volando, cuando nos aburrimos se dilata.

Sé que la metodología y la forma de evaluar que marca la actual ley de Educación, que no es tan distinta de todas las anteriores, es desastrosa y anacrónica. Que prima la memorización de contenidos en un momento en el que tenemos cualquier dato a golpe de un click en el móvil, y lo más evidente en los alumnos, según pasan los años, no es la acumulación de saberes sino la progresiva pérdida de la creatividad, imaginación y curiosidad con la que empezaron su etapa escolar, hasta el punto en que su única motivación para continuar en la escuela no es otra que sacar el título de una etapa para poder pasar a la siguiente, y después el siguiente título, y después el siguiente. O incluso el evitar un castigo el fin de semana, porque los niños son cortoplacistas en estado puro, y el mañana no existe.

Pero creo que además de eso subyace la creencia de que para conseguir hacer algo de provecho es necesario el esfuerzo, con lo que estoy de acuerdo, pero se considera que es necesario el esfuerzo en su versión sacrificada. Apenas conocemos el esfuerzo en su versión placentera. Hasta choca como concepto. Pero existe. Vamos a ver, si yo me tiro dos horas pincel y acuarela en mano pasándomelo pipa hasta terminar una obra, ¿no me he esforzado? Claro que sí, objetivamente me he esforzado, que he invertido dos horas de mi tiempo en realizar una pintura, he mezclado colores, cambiado agua, dibujado previamente, le he dedicado tiempo, empeño, y no he parado hasta terminar algo con lo que estaba satisfecha. Sin embargo, yo no interpretaré ese esfuerzo como un sacrificio, sino que ese esfuerzo para mí será un disfrute. Sin embargo ese disfrute está mal visto, seguimos pensando que un buen resultado, un buen trabajo, algo que ha requerido esmero, dedicación y esfuerzo es incompatible con el placer, con el juego, con la diversión. Y no es cierto. Hemos deslegitimado la diversión para nuestros niños porque nosotros también la hemos deslegitimado para nosotros como adultos. La hemos arrinconado para el sábado por la tarde, la hemos hecho incompatible con el trabajo que nos da de comer, con las tareas de casa, con los trámites administrativos. No nos han enseñado la filosofía de disfrutar y divertirnos con todo aquello que hacemos, nos han enseñado a sacrificarnos en aquello que hacemos, a sufrir, a aguantar, hemos crecido en la filosofía del esfuerzo como losa. Y eso es lo que a nuestra vez somos capaces de enseñar. Pero una cosa es que no sepamos hacerlo y otra muy distinta que no sea posible aprender divirtiéndonos, ganarnos la vida divirtiéndonos, cocinar divirtiéndonos, hacer la compra divirtiéndonos, vivir divirtiéndonos.

Asociamos el placer, el juego y el disfrute con algo estéril, con una pérdida de tiempo, con algo que se puede sentir de forma residual una vez que hayamos sufrido nuestra cuota de sacrificio diario, o semanal, o anual. Sin embargo, si utilizáramos el placer, ese sentimiento que es un auténtico motor, un impulso mucho más potente que la fuerza de voluntad con la que arrastramos tareas que percibimos como cargas, para desarrollar actividades, seríamos mucho más brillantes. Y, sobre todo, mucho más felices. Iríamos por la vida, de niños y de adultos como seres alados que planean y hacen piruetas, en lugar de esa sacrificada y familiar sensación de pasar los días tirando de una carga pesada y a veces cuesta arriba (sí, este valle de lágrimas). Pero para enseñar a vivir disfrutando, primero deberíamos aprender a disfrutar,  a dejar de sentirnos culpables por ello, y a dejar de culpabilizar a los más pequeños.

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2 pensamientos en “Sacrificio y placer

  1. Totalmente de acuerdo, la cultura del sufrimiento debe ser una herencia de esas cristianas que se nos han quedado para siempre. Es como lo de “para estar bella hay que sufrir” elevado a todos los ámbitos de la vida. 🙂
    Mi hijo ha empezado este año los estudios de Arte para videojuegos y se pasa las tardes encerrado en su cuarto practicando los programas que tienen utilizar, y sí, sale cansado, pero contento, no con esa sensación de haber perdido horas en un esfuerzo obligatorio y aburrido. Si consiguieran cambiar simplemente la metodología y renovar contenidos, se volvería a ir a la escuela con ilusión, con ganas de aprender y al mismo tiempo de pasarlo bien.
    Un beso.

  2. Correcto. Tenemos muy metida esa forma de enjuiciar y somos muy poco conscientes de que valoramos más aquello que se hace con sufrimiento que lo que se hace con disfrute. Nos parece que el niño que más mérito tiene es el que más se sacrifica y el que menos el que se divierte, como si la diversión fuera incompatible con el aprendizaje, la realización de tareas o adquirir habilidades y responsabilidades. Como con los adultos, que en cuanto nos descuidamos ya estamos con esa actitud de sufridos, en lo que parece una apuesta para ver quién tiene la vida más dura, como si eso estuviera diciendo algo positivo de nosotros… Niños que van a la escuela con ilusión, ganas de aprender y que saben divertirse haciéndolo, serán adultos con más posibilidades de trabajar con ilusión y divirtiéndose. Al menos sabrán que no es incompatible una cosa con la otra.

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