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Nos explicaba Patricia el viernes pasado qué había querido decir Pablo Iglesias con eso de feminizar la política. Yo no había leído más que titulares de esas declaraciones y, a raíz del artículo de Patricia, las he leído/escuchado y no he podido evitar sentir una mezcla de incredulidad e indignación. Y no sé si me indigno femeninamente o individualmente porque en mi caso, digan lo que digan Pablo Iglesias o cualquier otro erigido en experto en estos asuntos, mi dotación cromosómica me dificulta el separar una cosa de otra. Yo nací mujer, pertenezco al género femenino y mis actuaciones, tanto personales como  profesionales, femeninas son porque de mí nacen. Y son tan femeninos mis exabruptos como mis caricias, mis órdenes como mis súplicas, tan femeninos mis besos como mis cabreos, mis tequieros como mis insultos. No soy más mujer cuando beso que cuando exijo, ni más cuando cuido que cuando me indigno. No siempre la condición de mujer se adquiere en el nacimiento pero igual da a la hora de actuar.

Tanto miedo me da el machismo conservador como este nuevo paternalista de izquierdas disfrazado de feminismo. Una de las cuestiones que explica Pablo Iglesias con claridad y detenimiento es que esa feminización de la política que él defiende no implica, no nos confundamos, que los hombres dejen su espacio a las mujeres, no, porque, y cito textualmente de nada sirve poner como portavoces a mujeres si estas no están feminizadas. Acabáramos. Así que nos explica, despacito para que lo entendamos, que no hace falta que haya más mujeres en puestos de responsabilidad, no sea que las que lleguen sean de las “malas”, de las no feminizadas, porque ellos mismos ya se feminizan y se perpetúan en el poder y la responsabilidad. Y ya mientras tanto si eso nosotras nos quedamos en casa cuidando nuestros hogares y a nuestras familias, volviendo a depender de que hombres, feminizados o no, decidan sobre nuestra vida mientras nosotras somos meras espectadoras. Muchas gracias, hombre, muchas gracias. Ayuda mucho a la lucha por la igualdad de oportunidades para todos los sexos, un montón.

Es del último mes también una campaña publicitaria que se empeña en obligar a la RAE a modificar la definición de “madre” y darle un sentido mucho más amplio y emocional. Efectivamente, como explican algunos famosos en el anuncio, mi madre ha hecho, y hace, por mí mucho más que parirme. Como yo por mis hijos. Y también es verdad que ni a  mi madre ni a mí nos conoce la RAE de nada pero eso no nos hace sentirnos ofendidas por su definición: Mujer o animal hembra que ha parido a otro ser de su misma especie. Porque ese es el hecho objetivo que nos hizo adquirir la cualidad de madres. La RAE también prevé que esa adquisición no se realice solo por un acto físico y por eso otorga la acepción número 4 en la que define también como tal a cualquier mujer que realice las funciones de madre. Supongo una campaña publicitaria bien intencionada pero volvemos a sufrir intentos de catalogación solo de las condiciones femeninas. Tan madre es la que cuida como la que abandona. Se podrá adjetivar después pero el sustantivo es igualmente aplicable. Ocurre lo mismo con los padres y con ellos no hay campañas.

 El sexo al que pertenecemos, por nacimiento o por convicción, forma parte de cada uno de nosotros pero nuestra actitud en el mundo no es solo fruto de esa condición. No creo que haya un femenino absoluto que nos condicione en todas nuestras actuaciones, como tampoco creo que haya un masculino absoluto. No creo que haya nada que feminizar aunque, puestos a hacerlo, creo que los únicos individuos capacitados para hacerlo, cada uno en su absoluta singularidad, son aquellos que en su personalidad incluyen esa condición femenina, mujeres se llaman según la RAE.

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