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El último viernes Patricia encontró inspiración en mi cambio de edad para romper una sequía inspiradora por estos lares que duraba ya varias semanas. Las reglas del juego en este blog, las recuerdo para los no habituales, marcan un artículo semanal de cada una de nosotras en el día que nos decidimos reservar: es mío el lunes, el miércoles es de Carmen y cierra Patricia semana el viernes. Además nuestros artículos debían intentar inspirarse en la actualidad en general y, más en concreto, en el artículo escrito por quien nos precede en turno. Esas son las normas, que hemos cumplido siempre con la elasticidad que corresponde a cualquier actividad  medianamente artística, es decir, más como un marco general que como una regla a la que atenerse, porque igual dan las normas si la inspiración no llega y épocas de escasez hemos pasado de una en una de vez en cuando y de cuando en cuando todas a la vez.

Hay veces que las sequías vienen porque nada de lo que te pasa, ves o lees te sugiere algo que contar pero también son muchas las ocasiones en las que, como ya decía Patricia el viernes, lo difícil es encontrar un punto de vista original sobre acontecimientos de la actualidad que parecen no dejar de repetirse, otras veces en cambio resulta que personalmente estás viviendo algo que te ocupa tanto espacio mental que solo te ves capaz de escribir sobre ello pero, por otro lado, es lo último sobre lo que te gustaría escribir… Múltiples pueden ser las razones para una misma “patología” para la que, al final, el resultado es el mismo: el silencio (o la pantalla en blanco, en nuestro caso).

Y, según pasan las semanas, cuando en el blog no hay lunes, ni miércoles, ni viernes, va costando cada vez más volver a la rutina de considerar  tu día, en mi caso el lunes, como”el día de escribir” y afrontarlo con la mente estrujada desde dos días antes y los sentidos alerta para, al leer el artículo precedente, captar cualquier estímulo que pueda prender esa pequeña mecha de inspiración que termine plasmada en unos renglones negro sobre blanco. Y cuesta coger esa rutina, pero también se echa de menos.

Por eso, cuando alguien prende la mecha, aunque sea a costa de publicitar tus cambios de edad 😉 , se agradece y mucho porque, una vez prendida, es más fácil avivarla un poco más para mantenerla encendida.

Imagen destacada: Llama. Dame fuego… de Xavier Delgado Ramiro vía flickr.

 

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