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Hemos tenido la fortuna, la gente de mi generación y posteriores, de poder considerar natural el que, periódicamente, se nos pida opinión sobre cuestiones políticas de calado: qué leyes básicas queremos que regulen nuestra vida, qué forma de estado preferimos, a qué entidad supranacional queremos pertenecer o no, o quiénes queremos que nos gobiernen. Desde que tengo uso de razón, los procesos electorales se han ido asumiendo como algo normal y los electores cumplidores procuramos recopilar la información suficiente para ejercer nuestro derecho/responsabilidad cada vez que se tercia una votación.

En los últimos años esa carta blanca que parecía se otorgaba a los que ganaban unas elecciones se nos está empezando a antojar demasiado generosa, dado el probado mal uso que se ha hecho de ella en numerosas ocasiones y, como electorado, empezamos a reclamar mayor control de la gestión de todo lo público y mayor intervención en las decisiones. Ya no nos vale decidir quién ha de gestionar nuestras administraciones sino que queremos controlar más de cerca e incluso intervenir directamente en las decisiones que se tomen.

Empiezan, entonces, a menudear los procesos participativos sobre los que Patricia fijaba su mirada el viernes: desde las elecciones primarias en algunos partidos políticos a los debates congresuales sobre los principios ideológicos en otros, o desde el proyecto de remodelación que queremos para una plaza de nuestra ciudad a nuestro representante en Eurovisión, el abanico de situaciones susceptibles de resolverse con la participación directa de los interesados no deja de abrirse. Y esta proliferación, siendo una innegable muestra de progreso democrático, tiene sus riesgos en la posible saturación del electorado o en el que esas decisiones se terminen tomando sin que los decisores manejen toda la información necesaria.

El viernes nos cuantificaba Patricia en 740 folios la información necesaria para poder emitir su voto sobre las propuestas que se llevaban al Congreso de Podemos celebrado este último fin de semana pero, sin llegar a tanto, muchas de las propuestas que se someten a nuestra opinión suelen exigir más información de la que la mayoría manejamos y a menudo más de la que somos capaces de entender sin ayuda.

Durante esta semana, por ejemplo, los empadronados en Madrid podemos emitir nuestro voto sobre tres propuestas diferentes, aceptar o rechazar “Madrid 100% sostenible” y “Billete único para el transporte público” y elegir, para la remodelación de la Plaza de España, entre el proyecto X y el proyecto Y.

Votar, una vez registrado, es tan fácil como hacer un click con el ratón porque el sistema no contempla asegurarse de que hayas leído algo más que el título de cada una de las propuestas o que hayas echado un vistazo a algo más que las bonitas imágenes del modelo de plaza. Además, en las dos primeras propuestas el título ya sugiere el voto favorable porque lo contrario parece sería no querer un Madrid respirable o preferir pagar más por los trayectos en transporte público y, como no se nos informa de de dónde se van a detraer los fondos para financiarlas (que a mí me parece muy bien el billete único pero si eso implica que me suban impuestos, suba el precio de los recorridos cortos o haya que eliminar alguna línea de transporte, lo mismo ya no me parece tan bien), pues sin devanarnos mucho los sesos podemos sentirnos partícipes sin perder demasiado tiempo.

En cuanto a los proyectos para la Plaza de España la elección me resulta más complicada porque yo, así a primera vista de las memorias que se acompañan, para tomar una decisión fundamentada necesitaría asesoramiento de expertos en arquitectura, urbanismo, construcción o jardinería, a la vez que echaría de menos saber de dónde van a salir los fondos que han de financiarlas o cómo se van a resolver, por ejemplo, los problemas de tráfico durante el tiempo que duren las reformas. Eso, si me diera por tomar una decisión fundamentada, que también puedo optar por cualquier sistema “científico” de decisión, tipo a cara o cruz o al pinto pinto, sistemas que sospecho habrán seguido muchos otros de mis convecinos. Al resto de ellos no sé cómo les va, pero yo tengo comprobado que, cuando decido tontamente sobre cuestiones sobre las que no sé, suele haber consecuencias desfavorables.

Entonces, si estamos opinando y decidiendo sin tener los conocimientos necesarios para hacerlo bien ¿no habremos llegado a un punto en el que nos dedicamos a opinar por opinar, a decidir por decidir?  Y eso… ¿de verdad es bueno para el sistema?

Imagen destacada: Heads or tails? – ¿Cara o cruz? DAVID MELCHOR DIAZ Vía flickr.com

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2 pensamientos en “Opinar por opinar

  1. En Suiza acaban de preguntar acerca de si nacionalizar a nietos de emigrantes o no…. parece más fácil que un proyecto de arquitectura para quienes no somos arquitectos 🙂 Yo con mi ignorancia lo tengo claro: hay uno que cuesta x y el otro el doble. Pues si se va a hacer uno de los dos, y sin saber nada acerca de los presupuestos del ayuntamiento, voto por el barato. Esta es otra demostración más de la inexperiencia a la hora de solicitar participación. No se puede preguntar cualquier cosa, porque hay cosas sobre las que solo se puede decidir con unos determinados conocimientos técnicos, ni tampoco se puede preguntar sin ofrecer una información clara y suficiente. Aún así, creo que es mejor incrementar la participación, eso sí, siendo conscientes de lo verdes que estamos, siendo críticos con los procesos, detectando los errores, y tratando de no repetirlos y mejorar cada vez.

    • Pues sí, Patricia, mucho más fácil las consultas que se refieren a manifestar voluntades que sí se pueden contestar con un sí o un no. Para los proyectos quizá sería necesario elaborar una encuesta con más preguntas, no sé, o dividirlas por sectores y poder opinar solo sobre lo que sepas. Sí es posible que todo esto sean problemas de rodaje y en pocos años estemos ya acostumbrados a participar con frecuencia y naturalidad de forma que sea verdaderamente útil.

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