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He conocido a un niño que no quiere comer. Con cinco años ha decidido que no quiere ser mayor porque si te haces mayor te mueres, así que no se le ha ocurrido mejor antídoto contra la muerte que la huelga de hambre.

Difícil hacerle entender que su decisión, de mantenerse en el tiempo, no solo no solucionaría el problema sino que podría adelantarlo, porque lleva sus pocos años de vida escuchando esa mentira que todos hemos usado alguna vez con nuestros hijos: come para poder crecer, come  y crecerás mucho, come y serás tan grande como yo…  come y crecerás, come y crecerás… Así que, a la hora de darse cuenta de que no quería crecer, encontrar el modo de hacerlo fue lo más fácil.

Porque en realidad, digamos lo que digamos a nuestros hijos, no comemos para crecer, lo hacemos para sobrevivir, para apegarnos a esta vida que no siempre entendemos pero que nos atrae lo suficiente para no querer escaparnos de ella. Comemos para sobrevivir como también trabajamos, leemos, viajamos, conversamos, amamos, dormimos, escribimos, opinamos… con el mismo motivo, el de sobrevivir, el de mantenernos vivos, aquí.

Me conmueve esa inocente forma de plantarle cara al destino, de intentar sujetar el porvenir. Un plante tan conmovedor como inútil. El porvenir vendrá, comamos o no, trabajemos o no, leamos, conversemos, amemos, durmamos, escribamos, opinemos… o no. El porvenir vendrá. Es solo que, por lo que se le pueda ocurrir traernos (ya hemos visto últimamente pruebas de su gran, gran, creatividad para sorprendernos)  es mucho mejor que nos pille entretenidos y, sobre todo, muy, muy bien alimentados.

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Un pensamiento en “Del no comer y el porvenir

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