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Al igual que mis compañeras estoy consternada. Supongo que debido a una mala gestión de expectativas, pero, lo que está ocurriendo estos días en Cataluña y en el resto de España revela sin lugar a dudas la clase de personas que conformamos este país, y supongo que, en el fondo, también revela algo acerca de la naturaleza del ser humano. Y es terrible.

Sin entrar en los por qués del conflicto, lo cierto es que existe un conflicto, y ninguna de las partes está dispuesta a dar su brazo a torcer. Bajo mi punto de vista, el límite está en la violencia, pero ese no parece ser el punto de vista de quienes nos gobiernan. Ni el de la mayoría tampoco.

Y ya no me refiero a la somanta de palos que ofreció la policía de manera gratuita, pues era imposible que sirvieran para impedir una votación. Podrían haber hecho tal y como hicieron en el anterior 9-N: declararlo ilegal, decir que los resultados no se tendrían en cuenta, y no provocar una batalla campal cuyos resultados fueron que la gente votara igualmente, que el número de independentistas se multiplicara, y ochocientos no sé cuántos heridos, y la posterior violencia desatada contra las fuerzas del estado. La violencia genera violencia.

Ahora me refiero al después. Ante el anuncio de la Declaración Unilateral de Independencia, parece que la única opción que contempla nuestro gobierno, con el auspicio de Ciudadanos y de nuestro querido monarca, es la aplicación del artículo 155. No sé si alguien se habrá parado a pensar que el pasado domingo, en Cataluña, millones de personas se jugaron el tipo, el de sus hijos y el de sus padres, para poder depositar una papeleta en una urna. Quiero decir, una sociedad que está dispuesta a todo para defender aquello en lo que cree, ¿cómo va a reaccionar ante la aplicación del 155? Puede que de manera pacífica, no lo sé, ¿pero, y la policía? ¿nadie ha pensado que con esa medida se puede generar una violencia terrible? ¿nadie se ha parado a pensar en que uno sabe cómo estalla la violencia, pero no la forma que toma después, ni la magnitud, ni su propagación, ni su duración, ni sus consecuencias? ¿De verdad estamos dispuestos a eso? ¿Sin intentar siquiera hablar y dialogar y pactar, y ceder todos un poco de forma que se puedan arreglar las cosas de otra manera? ¿De verdad nuestros gobernantes quieren hacerlo así?

Hasta la cerrilidad independentista solicita diálogo con mediación. Es evidente que para que haya diálogo entre esas partes es necesaria una mediación, puesto que en los últimos 7 años, nuestros queridos gobernantes y los queridos gobernantes del pueblo catalán han sido incapaces de entenderse. Es de todos conocido el don de los integrantes del partido popular para lograr acercamiento de posturas, conciliación, y para la resolución de conflictos. Su talante autoritario del tipo “o estás conmigo o estás contra mí y no se hable más” es muy eficaz, a todos nos encanta tener en frente en una negociación a alguien así. Pero nuestros queridos gobernantes del partido popular han cerrado toda opción a un diálogo y a una negociación.

Pero quizás lo más amargo de todo, es que lo que ocurre en la calle es la proliferación de banderas, de discursos cada vez más encendidos y de odio, una población que clama en nombre de fronteras y de banderitas, y que parece excitarse cada vez más con el clima de violencia creciente, “a por ellos”, “España, una grande y libre”, “nou estat independent”. Y en Catalunya asocian España con Rajoy, y piensan que sin él, y con un presidente sin sus evidentes limitaciones intelectuales, les va a ir mucho mejor, y que van a vivir en un mundo ideal, sin tener en cuenta la fuga de empresas y capitales, la pérdida de empleos, de ingresos públicos, el espaldarazo de la UE, o la posibilidad de que llegue otro clan Puyol a enriquecerse a su costa. Y fuera de Catalunya, todo el mundo de pronto se enfervorece con la unidad nacional, con la ley y la constitución, un marco legal que claramente ya no sirve para asegurar una convivencia pacífica, y  tan rígido que es incapaz de adaptarse a los cambios sociales (de hecho en 40 años solo se movió una vez, sin refrendo ciudadano y en el mes de agosto, para privilegiar el pago de la deuda con Europa antes que cualquier otro pago nacional: eso sí que es patriotismo, eh?).

Y quizás, lo más amargo de todo, es que mientras la ciudadanía se enfervorece cantando, colgando banderas, odiando en el nombre de una patria y una frontera, los partidos que nos han llevado a esta situación están inmersos en una serie de casos de corrupción de los que nadie habla ya. Y mientras, los Puyol siguen de juicios, la Púnica, la Gürtel, Bárcenas, se ha imputado a Gallardón,  y ahora también Cifuentes, y sumemos y sigamos. Mientras, nos tienen entretenidos jugando a ser los vengadores de la patria y del rey, o de la patria y la república, gracias a televisiones públicas que parecen el NODO, y unos medios de comunicación sin independencia cuyo rigor informativo es más propio de repúblicas bananeras, y así, intentan salvar sus culos sucios a costa de rompernos a nosotros.

Y quizás, lo más amargo de todo, es que si hubiera nuevas elecciones, nuestros queridos gobernantes posiblemente volverían a ganar, puede que incluso que con mayor contundencia. Y tendríamos otros cuatro años de PP, por si pudieran conseguir haciendo gala de gestiones fraudulentas y  soliviantar también a vascos y gallegos con sus habilidades para gestionar convivencias.

Quizás, lo más amargo de todo, es que, lo que demuestra todo esto una vez más, y que a veces se nos olvida, es que somos un país de catetos sin remedio, y que tenemos exactamente aquello que nos merecemos.

 

 

 

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